El faro llama inmediatamente la atención por un estilo visual único. Rodada en blanco y negro y en casi pantalla cuadrada, la fotografía plasma perfectamente el claustrofóbico entorno de un remoto faro a finales del siglo XIX. El uso de la luz y las sombras subraya la inquietante atmósfera, creando un efecto casi hipnótico. Da igual lo desagradable que llegue a ser todo, ya estás atrapado.
Las interacciones entre los dos personajes, Ephraim Winslow (Pattinson) y Thomas Wake (Dafoe), son completamente desconcertantes oscilando entre la camaradería y la hostilidad, manteniéndote todo el rato en vilo intentando discernir sus verdaderas intenciones y su cordura.
A medida que avanza la película avanza deterioro psicológico de sus personajes, siendo imposible separar la realidad de la alucinación. Un guión demasiado abierto a la interpretación que puede resultar difícil de seguir en ocasiones.
La película usa también el sonido casi como otro personaje. Las olas, las gaviotas y el constante y asfixiante pitido de la bocina del faro contribuyen a la sensación general de desasosiego y de viaje hacia la locura.
Deja muchas más preguntas que respuestas y un absoluto revoltijo en el estómago y la cabeza. Doy gracias por el blanco y negro, mi estómago igual no hubiera aguantado el tirón.
Y aún así es absolutamente recomendable.
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