Crítica de Cómo entrenar a tu dragón por gjulo
Eso sí, no puedo evitar preguntarme para qué sirven realmente muchos de estos remakes en acción real, especialmente cuando parecen responder más a una tendencia que a una necesidad creativa. Salvo excepciones contadas (y muy notables), el paso de la animación a lo “real” rara vez añade algo verdaderamente significativo… y, en más de una ocasión, termina diluyendo parte de la magia original.
Aquí, incluso dejando esa duda en segundo plano, hay que admitir que esta nueva versión de "Cómo entrenar a tu dragón" consigue levantar el vuelo con más fuerza de la esperada. En lo puramente técnico, hay mucho que celebrar: los efectos visuales no solo cumplen, sino que brillan con especial intensidad en las criaturas y, sobre todo, en las secuencias aéreas, que transmiten una sensación de vértigo y libertad muy bien lograda. La dirección artística, por su parte, apuesta por integrar entornos reales que aportan textura y credibilidad al mundo vikingo, mientras que la puesta en escena sabe cuándo contenerse y cuándo dejarse llevar por el espectáculo.
También hay decisiones visuales que demuestran una intención clara de ir más allá de la mera copia: ciertos movimientos de cámara en los vuelos, pequeños detalles cómicos bien colocados o la manera de enfatizar la conexión entre el joven protagonista y su Furia Nocturna construyen una narrativa visual que busca reforzar el vínculo emocional desde la imagen, no solo desde el guion.
Porque si algo mantiene viva esta historia es precisamente eso: su alma. Y sigue siendo una muy bonita. La película funciona como un gran espectáculo familiar con ambición épica, sostenido por personajes y relaciones que siguen resultando cercanas y fáciles de querer.
La relación entre padre e hijo, marcada por la incomprensión pero también por un afecto que no siempre sabe expresarse; el lazo entrañable entre Hipo y Desdentao, que continúa siendo el corazón del relato; ese grupo de jóvenes aspirantes a cazadores que aportan ligereza y humor; o la delicadeza del primer amor que empieza a insinuarse con Astrid… todo fluye con una naturalidad que hace que la historia avance sin fricciones.
El reparto acompaña bien ese equilibrio, con interpretaciones que, en general, encuentran el tono adecuado entre lo caricaturesco heredado de la animación y la fisicidad del live action. Y la historia, aunque conocida, sabe dosificar su crecimiento emocional mientras escala en espectáculo hasta desembocar en un tramo final especialmente contundente.
Al frente está Dean DeBlois, responsable también de la trilogía animada. Y eso se percibe en cada decisión: hay un respeto evidente por el material original, pero también una voluntad de hacerlo tangible, de trasladar ese universo a un terreno más físico sin traicionarlo del todo. Otra cosa es que esa fidelidad extrema no invite, inevitablemente, a preguntarse hasta qué punto era necesario volver a contar exactamente la misma historia.
El resultado, al menos en mi caso, provoca una reacción clara: funciona, emociona y entretiene… Y luego está Gerard Butler, que aquí parece reencontrarse con una presencia y un carisma que hacía tiempo no tenía. Solo por eso, y por la oportunidad de volver a sobrevolar esta historia desde otro ángulo, ya merece la pena.
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