Ese particular contraste entre crudeza y sátira social, herencia de los propios juegos, se aprecia todavía más cuando nos acercamos a las dos principales líneas narrativas que conforman la serie y que, en cierta manera, reflejan las dos caras de una misma moneda: la de aquellos que pudieron permitirse el acceso a búnkeres antirradiación y la de los que, por el contrario, tuvieron que sobrevivir en el exterior. La mercantilización del fin del mundo reflejada en una historia que, aun siendo principalmente un relato de aventuras con grandísimos personajes, buenas dosis de sangre y unas cuantas pinceladas de misterio, también tiene reservado su espacio para ofrecernos una corrosiva crítica de la sociedad contemporánea y, sobre todo, de su forma de abordar ciertas dinámicas a las que parecemos condenados como especie. Y es que, al final, da igual que estemos en nuestra realidad o en esta decadente versión de la misma: hay cosas, como la guerra, que nunca cambian.
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