Lo curioso es que ni siquiera era la primera película de tiburones de la historia, pero, indudablemente, sí la primera en redefinir las bases de todo lo que vendría después y, a su vez, la que todavía sirve como molde para cualquier relato de terror submarino que se precie. Para el recuerdo quedarán sus fantásticas secuencias en alta mar, el hábil manejo de la cámara a la hora de crear incertidumbre y, por supuesto, la creciente psicosis del trío protagonista ante la presencia de ese depredador implacable cuya titánica figura, aun acusando las evidentes limitaciones de su armazón mecánico —uno de los grandes quebraderos de cabeza durante el rodaje—, se encarga de sembrar el pánico a cada una de sus dentelladas. Todo un hito en la historia del cine que todavía hoy, a casi medio siglo de su estreno, sigue encogiendo el corazón como el primer día y situándose, además, como el mayor referente dentro de un género que nunca, y al igual que el simple hecho de bañarse en la playa, volvería a ser como antes.
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