Crítica de El odio que das por Sandris
Conocemos aquí a Starr, una adolescente promedio que desea por todos los medios escapar de la violencia que siembran las bandas en sus calles, porque Starr es consciente de que el futuro de cualquier niño negro de su barrio es convertirse en un camello y morir a manos de otro camello, o simplemente morir a manos de la policía. Así de crudo. Para complicar más su vida, nuestra protagonista estudia en un elitista instituto en el que la diversidad racial y cultural brilla por su ausencia. Su ya dividido mundo termina por desmoronarse encima de su cabeza cuando presencia el asesinato de su mejor amigo Khalil, un joven desarmado a manos de un oficial de policía. Este acontecimiento la traumatiza y al mismo tiempo consigue despertar la chispa de la lucha en su interior, de modo que se verá envuelta en una encarnizada batalla para lograr que el nombre de Khalil no sea un triste número más en el telediario de turno.
Es cierto que peca de momentos excesivamente dramáticos que son bastante inverosímiles, pero en el contexto funcionan porque ayudan a potenciar todavía más la trama tan intensa a la que nos enfrentamos. No os esperéis pues un film adolescente al uso plagado de frases mr. wonderful con moralinas de corchopán. No. Aquí se viene a sufrir, a deshidratarse y a intentar abrir los ojos ante una realidad que no para de golpearnos día tras día en las noticias. Una realidad que no va a desaparecer porque el odio a lo diferente, el odio en sí, siempre será la peor enfermedad que sufre este despreciable mundo.
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