Crítica de Yo, adicto por Sandris
Con la caída en desgracia de nuestro protagonista, seremos testigos de una odisea titánica para intentar rehabilitarse ingresando en una clínica privada, en la que, a base de empatía y cariño, comprenderá cosas de sí mismo que ni siquiera él conocía. A veces, simplemente necesitamos escuchar las historias de los demás y dejar que otros nos escuchen para entender qué ha ido mal, cómo has terminado aquí y entender que siempre hay una salida. Los vínculos que establecemos con los demás son vida y a veces nos salvan de nosotros mismos.
No es una historia más sobre adicciones, es el camino de una persona dañada, que daña, una persona sin esperanza pero que emana esperanza a los que le rodean, es una historia sobre el cielo y el infierno, el amor y el odio, es una historia de resistencia, de valor y de verdad. Rehabilitarte no es fácil y contarás para siempre con la etiqueta de ser “el yonki”, pero cuando te rehabilitas no lo haces sólo por ti, lo haces por los que te quieren, por los que te han visto caer una y mil veces, a los que has lastimado y aún así siguen queriéndote. Rehabilitarte es un acto de amor propio, pero es también un acto de amor hacia los demás. Y no hay mayor generosidad que esa.
«_¿Todo esto no se trataba de drogas, verdad?
_¿De qué crees que se trata?
_¿Yo? De aprender a vivir.»
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