Crítica de Yo, adicto por Sandris

Redactada: 2025-01-18
Crecer en un barrio pesquero de Galicia implica muchas cosas. Implica que siempre hay pescado en la mesa, que el aire está fresco porque el mar lo suaviza y que los inviernos se inventaron para medir tu resistencia vital. Pero crecer en un barrio de los 90 o 2000 en Galicia, también significa la cocaína, la heroína y la marihuana que entran por doquier. Gente en las puertas de los institutos, compañeros de promoción que ya no están con nosotros, chavales enganchados desde los 14 años siempre contando con el estigma y la incomprensión del mundo que les rodea. Como si nadie hubiese visto que esto podría pasar, como si no lo viésemos cada día con nuestros ojos, hasta que se les señala con el dedo y pasan a convertirse en sombras dispersas de cualquier calle. Detrás de cada persona que consume, que se ve esclavizado ante una adicción, hay un sistema social que ha fallado; familia, amigos o la sociedad. Una adicción no es simplemente el vicio o el eterno “por qué”, sino el de “dónde viene” y qué buscas mitigar viviendo anestesiado. Javier Giner se abre en canal en una autobiografía en la que relata sus años de adicción a las drogas, al alcohol y al sexo. Fruto de este libro, nace ‘Yo, adicto’, una serie de seis episodios en la que Oriol Pla encarna a Javi, un exitoso businessman del sector audiovisual. Parece tenerlo todo, amigos, una carrera que no para de subir como la espuma, una familia que le quiere y una buena posición social, pero eso no diferencia a Javi de cualquier drogadicto que nos crucemos en el camino a casa diario. O al menos ese es el mensaje que espera transmitir esta historia, porque da igual de dónde vengas, cuando sucumbes ante las drogas, lo haces para adormecer tus emociones, para dejar de sentir y para ensordecer el mundo.
Con la caída en desgracia de nuestro protagonista, seremos testigos de una odisea titánica para intentar rehabilitarse ingresando en una clínica privada, en la que, a base de empatía y cariño, comprenderá cosas de sí mismo que ni siquiera él conocía. A veces, simplemente necesitamos escuchar las historias de los demás y dejar que otros nos escuchen para entender qué ha ido mal, cómo has terminado aquí y entender que siempre hay una salida. Los vínculos que establecemos con los demás son vida y a veces nos salvan de nosotros mismos.

No es una historia más sobre adicciones, es el camino de una persona dañada, que daña, una persona sin esperanza pero que emana esperanza a los que le rodean, es una historia sobre el cielo y el infierno, el amor y el odio, es una historia de resistencia, de valor y de verdad. Rehabilitarte no es fácil y contarás para siempre con la etiqueta de ser “el yonki”, pero cuando te rehabilitas no lo haces sólo por ti, lo haces por los que te quieren, por los que te han visto caer una y mil veces, a los que has lastimado y aún así siguen queriéndote. Rehabilitarte es un acto de amor propio, pero es también un acto de amor hacia los demás. Y no hay mayor generosidad que esa.

«_¿Todo esto no se trataba de drogas, verdad?
_¿De qué crees que se trata?
_¿Yo? De aprender a vivir.»
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