La historia se sitúa después de la caída de la Bruja del Oeste, cuando Glinda recuerda su etapa en la universidad de Shiz junto a Elphaba. Desde ahí, la película plantea algo bastante claro: cuestionar el mito. No tanto qué pasó, sino quién decide cómo se cuenta. Porque aquí lo importante no es solo la historia en sí, sino cómo se construyen esas versiones que acaban convirtiéndose en verdad.
En lo visual, Oz está lleno de color, de decorados llamativos, de ese aire de cuento clásico que funciona desde el principio. Pero lo interesante es que, poco a poco, ese brillo deja ver algo más incómodo: tensiones sociales, mecanismos de exclusión… y esa forma casi automática que tiene la sociedad de señalar a quien es diferente y convertirlo en problema.
El corazón de la película está en la relación entre Glinda y Elphaba. Ariana Grande aporta ligereza y humor, jugando con ese personaje superficial obsesionado con la popularidad (y sí, “Popular” funciona especialmente bien), mientras que Cynthia Erivo construye una Elphaba mucho más contenida, marcada por el rechazo constante.
Y ahí es donde la película acierta más: en cómo observa el comportamiento de ambas. Glinda no es solo frívola, es alguien que entiende perfectamente cómo funciona el sistema y decide adaptarse a él para encajar. Elphaba, en cambio, no sabe (o no quiere) hacerlo, y eso la coloca directamente fuera. No es tanto una lucha entre bien y mal, sino entre encajar o quedarse fuera, y lo que implica cada decisión.
La dirección de Jon M. Chu acompaña bien todo esto. No se limita a trasladar el musical, sino que lo adapta con bastante naturalidad al lenguaje del cine. Hay intención en la puesta en escena, en el uso del color y en cómo se mueven los personajes, lo que ayuda a que la película fluya incluso con su duración.
Los números musicales funcionan porque no están metidos sin más. Canciones como “The Wizard and I” o “Defying Gravity” no solo lucen, también reflejan muy bien el momento interno de los personajes, especialmente en el caso de Elphaba.
Eso sí, no todo está igual de afinado. Algunos secundarios quedan algo desdibujados y ciertas ideas (sobre todo las más políticas o sociales) se quedan un poco en la superficie, como si la película no terminara de querer profundizar del todo.
A medida que avanza, el tono se oscurece y aparece con más claridad esa lectura sobre el poder y la manipulación, especialmente a través del Mago. Ahí la película gana interés, porque conecta mejor con esa idea de cómo se construyen los relatos y cómo se decide quién es el “villano”.
Después de todo lo que queda es esa relación entre sus dos protagonistas: una amistad que se va rompiendo poco a poco, no por un gran momento concreto, sino por pequeñas decisiones, por cómo cada una se posiciona frente al mundo.
Porque al final, más allá de Oz, de la magia y del espectáculo, “Wicked” habla de algo bastante reconocible: de lo fácil que es señalar a quien no encaja… y de lo complicado que es mantenerse fiel a uno mismo cuando todo empuja en la dirección contraria.
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