Crítica de Saltburn por Obscuritas
Todo comienza en Oxford con la llegada de Oliver, que no parece encajar en ninguna parte, sobre todo porque es becario y a su alrededor todo el mundo parece haber nacido en una cuna de oro y se creen con derecho a mirar a los demás por encima del hombro. Pero termina entrando al mundo de Felix, uno de los estudiantes más populares, deseados y probablemente envidiados de toda la universidad, y tras conseguir que le incluya en su grupo de amigos termina pasando las vacaciones en la casa familiar de Saltburn, que viene siendo un castillo, con todo lo que eso conlleva.
La película es el retrato de una obsesión, de una enorme ambición y de bastante manipulación, pero también es de lo más pretenciosa, todo es pomposo, excesivo, y aunque tiene toques de humor negro de esos que te hacen reír y a la vez sentirte un poquito culpable, se pasa intentando parecer transgresora, y es en esos momentos en los que resulta demasiado desagradable. Durante toda la película mi cara ha pasado de no saber dónde mirar por el exceso visual, a no saber por qué estaba viendo esto o por qué lo seguía viendo, a levantar las cejas en una mezcla de incredulidad y hastío a una expresión de profundo rechazo e incluso incomodidad en determinadas escenas. Para colmo, la última media hora resulta excesiva, si de por sí el ritmo pecaba de ser lento, a partir de un acontecimiento muy importante se extiende demasiado porque parece que necesita sobreexplicarse, cuando no es en absoluto necesario y toda esa parte se podría haber resumido muchísimo.
Hay que reconocer que Barry Keoghan está increíble y Jacob Elordi está guapísimo, aunque la película se encarga de hacerle parecer poco menos que un dios y el centro de todo el universo, pero no es de extrañar que los Oscars ignoraran por completo al primero, que se lo digan a Michael Fassbender con Shame. La banda sonora también es muy destacable, con Murder on the dancefloor de Sophie Ellis-Bextor marcándose un Running up that Hill de Kate Bush tras Stranger things. Pero lo mejor es sin duda la fotografía, incluso cuando resulta barroca es una preciosidad, dan ganas de enmarcar la mayoría de fotogramas. Pero de nada sirve un envoltorio hermoso si el interior está vacío.
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