Crítica de La virgen roja por Sandris
La película se centra en la recreación de la historia de esta gran mujer en manos de una gran Alba Planas, siempre sometida al férreo control de su madre Aurora; una Nawja Nimri en el mejor papel de su carrera. Ambas mujeres se confinan voluntariamente en su hogar, dedicadas al aprendizaje, alejadas del ruido y, sobre todo, alejadas de la vida. Como si viviésemos dentro de la obra de Lorca, una vez que Aurora nota que empieza a perder el control de Hildegart a favor de un floreciente amor, es presa del pánico y su perfecta estatua comienza a hacerse añicos («Bernarda— Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en una enemiga»). Lo que Aurora nunca comprenderá es que «no hay revolución sin amor», porque, ¿Qué es una revolución sino un acto de amor por la patria? ¿De qué sirve transformar un país a base de pensamiento crítico si no queda espacio para el corazón, para el sentir?
Su legado fue derrocado y aniquilado con la llegada de la guerra civil y la posterior dictadura franquista, pero su recuerdo sigue presente, como una brizna de hierba arrastrada por el aire hasta nuestro exacto momento vital ( «persistió en lo fantasmal» ). Impecable.
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