Redactada: 2024-11-06
Aquí se siente claramente el desgaste. No solo en la historia, sino en el propio Harry, que ya no tiene rastro de la ligereza de las primeras entregas. Está más irritable, más apagado, y esa incomodidad se transmite al espectador. La magia sigue ahí, pero ya no es refugio, sino un campo de batalla político, emocional y moral.

El conflicto con el Ministerio resulta especialmente frustrante, porque no se basa en grandes villanos visibles, sino en la negación, la manipulación y el abuso de poder. Umbridge es, sin exagerar, uno de los personajes más difíciles de soportar de toda la saga, y eso juega a favor de la película. No necesita grandes gestos para generar rechazo; su crueldad es cotidiana, burocrática, casi asfixiante.

Hogwarts pierde parte de su encanto para convertirse en un lugar tenso, vigilado, y eso encaja bien con el estado mental de los personajes. El grupo empieza a organizarse de otra manera, ya no por aventura, sino por necesidad. Londres y el mundo exterior ganan presencia, recordando que lo que ocurre ya no está aislado entre muros mágicos.

El romance aparece, pero sin romanticismo real. Todo es torpe, confuso, incluso incómodo, como suele ser a esa edad. Hay un golpe emocional muy concreto que marca a Harry y lo deja claramente más solo, y a partir de ahí la historia se vuelve más seria, más amarga. Se nota que la saga ha cruzado un umbral del que no piensa volver.
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