Esto es algo muy japonés, y no quiero pecar de partidista, pero contar el mismo tipo de historias una y otra vez y que sigan funcionando mucho mejor de lo que lo hacen en otras industrias, tiene mucho que ver con el espíritu más sencillamente nipón. El mimo y el cuidado a lo cotidiano, lo rutinario, casi como filosofía de vida se traslada a su industria inevitablemente.
Aquí cumple Ai Hashimoto, una actriz de la que no he visto tanto porque no me cautiva como a la mayoría, y brilla Aoi Miyazaki en un rol más secundario, pero clave y motor de la película, con el que desprende una vulnerabilidad y una delicadeza sublimes.
Lo habitual con estas producciones, nada del otro mundo pero ofrece un viaje que merece la pena si quieres darle la oportunidad. En esta ocasión con dos estrellas japonesas como aliciente extra.
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