Me costó entrar al principio, lo reconozco. El tono es duro, incluso desagradable en algunos momentos. La primera gran escena violenta deja claro que no van a suavizar nada. Pero precisamente ahí está la fuerza: no disfraza la corrupción con luces bonitas. La expone sin maquillaje.
Me sorprendió lo bien que funciona ese contraste entre lo grotesco y lo emocional. Entre tanta brutalidad, aparecen momentos de fragilidad muy humanos, y eso hace que no sea solo provocación vacía. Los efectos están muy logrados, pero lo que realmente engancha es la sensación constante de que nadie es intocable y nada es seguro.
No es cómoda de ver, y tampoco lo pretende. A veces me dejó con mal cuerpo, otras me hizo reír de forma incómoda. Pero no puedo negar que tiene personalidad propia y que se atreve a hacer lo que otras producciones del género ni siquiera contemplan.
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