Redactada: 2026-03-30
No cabe duda de que la premisa de la película resultaba ciertamente interesante de principio a fin, pero también que sus propias limitaciones narrativas, debidas en parte al hecho de que toda la acción sucediera en un tren, apenas le permitían brillar mucho más. Es por eso que la idea de trasladar todo su universo a formato serie, con todo lo que ello conlleva, despertase cierta reticencia y la inevitable duda de si ese mismo planteamiento, construido una vez más sobre los gélidos restos de lo que una vez fue nuestra civilización, sería capaz de sostenerse a lo largo de varios episodios. Cuatro temporadas, con cancelación incluida de por medio, para subirnos de nuevo al conocido como «Snowpiercer», un interminable tren que recorre el planeta de manera perpetua, sin paradas, cargando consigo los remanentes de una sociedad tremendamente jerarquizada y que, lejos de haber aprendido algo tras su debacle, parece condenada a seguir repitiendo, una y otra vez, todos y cada uno de sus errores. A partir de ahí, la serie expande lo visto en la película a base de conspiraciones, intrigas políticas e incluso ciertos tintes de thriller criminal, siempre con la lucha de clases como telón de fondo, con los que ir enriqueciendo este particular mundo sobre raíles que avanza, como así parece hacerlo el nuestro, hacia un futuro cada vez más incierto.

La construcción inicial de todo ese universo, más profundo a primera vista que el de la película, parecía lo suficientemente atractivo como para sostener varias temporadas, pero esto, por desgracia, no fue del todo así. Una vez agotado su innegable impacto inicial, la serie comienza a enredarse en una tediosa dinámica de episodios de relleno, giros imposibles y frecuentes deus ex machina que hacen que la trama, más allá de avanzar a marchas forzadas, acabe por ir perdiendo, poco a poco, casi todo su interés. Esa misma sensación, más acentuada si cabe con el paso de las temporadas, se traslada igualmente a unos personajes cuyo desigual desarrollo, pese a contar con actores de la talla de Sean Bean o Jennifer Connelly, parece obedecer más a la necesidad de alargar la trama de forma artificial, aunque ello implique sacrificar su propia coherencia interna, que de darles una evolución lógica. Tan solo la intriga general de la historia, aun con sus más que evidentes altibajos, logra mantenerse a bordo de este irregular tren narrativo, más cargado de lagunas argumentales que de vagones, donde lo único que nos queda claro al final, entre tantos agujeros argumentales, es que su parada final debió haber llegado, visto el traqueteo de las últimas temporadas, mucho antes de descarrilar por completo.
Guion
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