Redactada: 2024-10-31
Lo primero que me vino a la cabeza al empezar a verla fue esa sensación rara de “esto está muy bien hecho”, pero sin necesidad de subrayarlo constantemente. No es una serie que te trate como si no fueras capaz de seguirla, ni te explique todo con voz en off ni te lleve de la mano. Entra directa en la política internacional, en los despachos, en las conversaciones incómodas, y te obliga a prestar atención. Y eso, hoy en día, casi se agradece como un pequeño acto de resistencia.

Lo que más engancha no es tanto la crisis en sí —que está bien planteada y se va tensando con bastante inteligencia— sino el personaje de Kate. Es competente, sí, pero también torpe en lo social, seca, contradictoria y agotada. No tiene nada de heroína idealizada, y eso la hace mucho más creíble. Keri Russell sostiene la serie con una naturalidad brutal, sin grandes aspavientos, dejando que el cansancio, la presión y la ironía se cuelen en cada gesto.

La relación con su marido es otro de los grandes aciertos. No es romántica ni ejemplar, es incómoda, llena de dinámicas de poder mal resueltas, egos heridos y una complicidad que sigue ahí aunque todo lo demás esté roto. Hay escenas entre ellos que funcionan casi mejor que cualquier giro político, porque se sienten vividas, no escritas para lucirse.

Los diálogos son afilados, a ratos divertidos sin buscar el chiste fácil, y la serie sabe cuándo acelerar y cuándo dejar que una conversación incómoda respire. No todo es redondo, y quizá ahí esté parte de su encanto: se equivoca, se ensucia, se enreda… como la política real. Y como las relaciones humanas cuando se meten en medio del poder.
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