Crítica de Hasta el fin del mundo por Sandris
El programa reúne a un grupo de seis parejas de participantes los cuales deben atravesar América latina sin teléfono, internet, tarjetas de crédito, dinero propio o cualquier tipo de contacto exterior a la experiencia. Al principio de la aventura se les asigna una cantidad de dinero que deben utilizar para garantizarse los viajes a través de los diferentes países que irán atravesando, siempre en autobús, taxis o contando con la generosidad de los lugareños que acepten llevarlos en sus propios coches. Nada de los aviones o trenes a los que todos están acostumbrados siendo personajes de renombre en la sociedad, la política o el mundo pop de este país. Con el dinero justo, deberán aceptar trabajos por el camino para ganarse el sustento y poder encontrar lugares donde dormir y comer, al tiempo que pueden maravillarse con las vistas que atraviesan en Costa Rica, Perú, Bolivia, Panamá, Colombia, Ecuador, Chile y Argentina. El objetivo es llegar a Ushuaia en la Patagonia argentina (tildado por muchos como el fin del mundo) los primeros y haber completado así el viaje.
Siendo así, el programa se convierte en una especie de viaje del héroe, donde evidentemente todos quieren ganar y llegar los primeros, pero son varios concursantes los que se sorprenden entendiendo que no sólo se trata de una aventura física, sino que a lo mejor es justo lo que necesitaban en ese justo momento para mejorar su salud mental, salir del caos de la ciudad y vivir algo único. Una experiencia sin precedentes que transformará a muchos y se convertirá en una cura de humildad para otros. Sin duda, se trata de una propuesta muy interesante, divertida, agobiante por momentos y, sobre todo, muy emotiva porque el que viaja a Ítaca, nunca es el mismo que vuelve a casa.
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