La serie, jugando así con ese contraste entre la nostalgia hacia el pasado y la atracción por el futuro, nos situaba en un irreverente escenario retrofuturista donde cualquier situación, por disparatada que fuera, tenía cabida. Robots con diseños cercanos a latas de sardinas pero con IAs avanzadísimas —como el carismático y cabroncete Bender—, televisores de tubo capaces de pillar señales extraterrestres o naves intergalácticas empleadas para repartir paquetes a la vieja usanza; lo antiguo y lo moderno combinados en un maravilloso y absurdo equilibrio donde las risas están más que aseguradas. Sin embargo, si hay algo donde 'Futurama' brilla realmente es en su habilidad para alternar la comedia con la exploración de cuestiones más serias y trascendentales —como la búsqueda de la inmortalidad, los límites de la ciencia, los peligros del cambio climático o el papel de la religión en la sociedad— y, sobre todo, en su facilidad para pasar del humor al drama en cuestión de segundos (no habrá día en que no me emocione con capítulos como 'La suerte del frylandés' o 'Ladrido jurásico').
Un gran tono paródico, algo de crítica reflexiva y mucho cachondeo reunidos así en una serie que, pese a acusar cierto agotamiento en sus últimas temporadas, siempre se mantuvo fiel a su satírica representación del comportamiento humano y a su forma de retorcer los tópicos más manidos de la ciencia ficción. Y sí, puede que en su día no consiguiera ganarse un hueco en la parrilla televisiva del momento, pero al menos supo encontrarlo en el corazón de aquellos que, como Fry, acabaron atrapados en este fantástico universo. Sean todos bienvenidos, ahora y siempre, al mundo del mañana.
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