Redactada: 2026-09-25
Hubo un tiempo en que la sangre simplemente corría por nuestras venas, fluyendo sin descanso hasta desvanecerse, llegado el momento, sin dejar más rastro que el de una vida perdida. Un bien tan valioso como carente de precio alguno, pero quizás porque nadie había encontrado aún una forma de ponérselo. En el Berlín de 'City of Blood', en cambio, ese néctar vital se ha convertido en poco menos que en mera mercancía; una moneda escarlata con la que poder abrirse paso entre las calles de una ciudad en plena decadencia, devastada por los efectos del cambio climático e incapaz de cicatrizar las heridas de una crisis sanitaria que ha supuesto, junto a otras causas, la completa ruptura de la sociedad tal y como la conocemos. A partir de ahí, el reencuentro entre Bea y Phoebe, dos hermanas separadas durante su infancia y criadas en realidades diametralmente opuestas, servirá como el inesperado catalizador sobre el que ir construyendo una peculiar distopía vampírica donde el nuevo orden social, sustentado en torno a esa mercantilización de la sangre, esconde a unos monstruos mucho más preocupados por el poder político y económico que por salir de cacería nocturna. La metáfora de los chupasangres y la élite, aun sin ser especialmente sutil, cuenta con unos colmillos bien afilados, pero la serie, como así comprobaremos con el paso de los capítulos, no siempre tiene muy claro dónde quiere clavarlos.

Y quizás ahí es donde encontramos el mayor problema de 'City of Blood': una serie sobre vampiros que, contra todo pronóstico, tiene bastante poco apetito por la sangre y, al igual que ocurre con el propio ritmo de la trama, aún menos por hacerla circular. Su distopía de paisajes desolados y cúpulas climatizadas, contraste definitivo de un mundo dividido hasta el extremo, logra trasladar con cierta eficacia la injusticia social que cabría esperar de primeras, pero ni siquiera esa buena construcción de su universo, lastrada además por un tono excesivamente seco y desapegado ya desde el primer episodio, termina siendo suficiente para dotar de verdadero interés a una historia que avanza, en el mejor de los casos, a base de altibajos. La serie se empeña así en ir acumulando intrigas políticas, dramas familiares y conspiraciones vampíricas sin que ninguna de dichas tramas llegue a imponerse del todo sobre las demás, confiando en exceso en el uso del cliffhanger para atrapar al espectador cuando, a la hora de la verdad, no parece ser capaz de cerrar nada de manera satisfactoria. Algún leve atisbo de mejora se intuye tímidamente en el tramo final, justo cuando ya es demasiado tarde para una serie que prometía sangre pero que nunca, por paradójico que ello resulte, supo mantener el pulso. Demasiado colmillo pero muy poco incisivo.
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