Me gustó especialmente cómo se integran las distintas lenguas y culturas. No es un adorno, se siente real y a veces incluso incómodo, como lo sería en una situación así. Esa barrera constante refuerza la sensación de aislamiento y de desconfianza, y hace que el ambiente sea todavía más opresivo. Hay momentos que recuerdan a Matrix o a Alicia en el País de las Maravillas, no por copiar ideas, sino por cómo juega con la percepción y con esa duda persistente de si lo que ves es exactamente lo que parece.
El ritmo es pausado, quizá demasiado para algunos, pero a mí me funcionó. Te va envolviendo poco a poco, sin prisas, dejando que la inquietud crezca. Eso sí, el cierre de temporada deja un sabor agridulce, como si se hubiese frenado justo cuando podía dar un paso más valiente. Aun así, mantiene un tono muy personal, con una atmósfera que cuesta olvidar. Y duele pensar en lo que podría haber sido si hubiera tenido la oportunidad de continuar.
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