Crítica de Venom: habrá matanza por gjulo
Pero lo peor no es que sea mala (eso casi se podía anticipar), sino que ni siquiera funciona como entretenimiento. Y eso ya es imperdonable. Porque si algo debería hacer este tipo de cine es, como mínimo, divertir. Aquí ni eso. Todo está envuelto en una especie de masa digital informe donde la acción pierde cualquier sentido: no hay peso, no hay espacio, no hay claridad. Solo ruido visual, como si alguien hubiese decidido que saturar la pantalla era lo mismo que hacer espectáculo.
Andy Serkis, que debería dominar mejor que nadie el lenguaje de lo digital, parece más interesado en deformar cuerpos que en construir escenas. El resultado es un desfile de imágenes sin impacto, sin tensión y, sobre todo, sin memoria. Nada se queda. Nada importa.
Luego está el tono, ese gran desastre. La película vive instalada en una broma constante que lo vacía todo. No hay peligro, no hay consecuencias, no hay emoción. Cada momento que podría tener algo de peso queda inmediatamente anulado por un chiste, una mueca o una salida absurda. Es como ver un monólogo interminable disfrazado de blockbuster, donde todo intenta ser gracioso… sin conseguirlo.
Y en medio de ese circo, Tom Hardy se entrega a un festival de tics, voces raras y gestos exagerados que ya no parecen una interpretación, sino una especie de sabotaje interno. Cuesta no pensar que el propio actor ha dejado de tomarse en serio lo que tiene entre manos. Su Eddie Brock ya no es un personaje: es un chiste estirado hasta el agotamiento.
Lo de Carnage merecería capítulo aparte. Sobre el papel, uno de los villanos más violentos e icónicos del universo Marvel. Aquí, reducido a una presencia digital caótica, sin fuerza ni amenaza real. Woody Harrelson sobreactúa sin rumbo, atrapado en un personaje que nunca decide si quiere ser perturbador, ridículo o simplemente irrelevante. Y al final, no es ninguna de las tres cosas: es olvidable.
La película además tiene ese aire de producto prefabricado donde todo parece intercambiable. Personajes sin entidad, conflictos de usar y tirar, escenas que podrían pertenecer a cualquier otra saga sin que nadie notara la diferencia. Incluso la supuesta historia de fondo (esa relación entre huésped y parásito) se reduce a una dinámica repetitiva y agotadora, sin evolución ni interés.
Y lo más frustrante es que, de vez en cuando, parece asomar algo distinto. Un tono más oscuro, una idea más incómoda, una película ligeramente más atrevida. Pero nunca se queda ahí. Siempre vuelve a lo fácil: al chiste, al exceso, al ruido.
“Venom 2” no es solo una mala secuela. Es cine hecho sin convicción, sin intención y casi sin respeto por su propio material. Un producto ruidoso, torpe y vacío que existe únicamente porque el anterior hizo dinero. Y se nota en cada plano.
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