La idea de fondo es potente: poder, control y la obsesión de ciertos privilegiados por moldear la historia a su antojo. Todo eso está ahí, latiendo bajo una capa de conceptos complejos, diálogos densos y reglas que se explican a tal velocidad que a veces cuesta procesarlas. Hay momentos en los que no sabes si estás entendiendo algo mal o si simplemente te has rendido y estás dejando que la película te arrastre. Y quizá por eso ese mensaje casi susurrado de “siéntelo” termina siendo más honesto que cualquier explicación técnica.
En lo visual es apabullante. Cada secuencia parece diseñada para dejarte con la boca abierta, y el sonido tiene un peso físico, casi agresivo. Se nota la ambición, las ganas de hacer algo grande, distinto, incluso excesivo. Pero en lo emocional me costó entrar. El protagonista funciona como pieza dentro del engranaje, más que como alguien al que seguir de verdad, y la trama que intenta aportar humanidad se queda corta, como si no tuviera espacio para respirar entre tanta idea.
Las interpretaciones cumplen, el conjunto impresiona, pero también deja una sensación extraña, como de haber admirado una maquinaria perfecta sin llegar a conectar del todo con lo que mueve sus engranajes. Es una experiencia intensa, estimulante, a ratos frustrante, que parece más interesada en desafiarte que en acompañarte. Y no pasa nada por admitirlo: no todo lo complejo emociona, aunque deslumbre.
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