Stalker es el prototipo de película de su autor, quizás la que mejor condensa todos sus intereses y obsesiones. Llámese parábola para mejor situarla, está muy cerca del cine más metafórico y críptico de Pasolini. La película conmueve y, como ocurre con toda la obra de Tarkovsky, empuja a la reflexión. Y aquí nadie debería perderse en farragosas descripciones de lo que cree haber presenciado en la pantalla y lo que representan todos y cada uno de sus personajes. Por ejemplo, el vaso desplazado por telequinesia no es el monolito de "2001...". Este último se presta al juego de la interpretación mientras que el poder mental de una niña no necesita de mayor explicación. El hecho de hallarse en un punto de supuesta alta radio-actividad ("La Zona") producido por la caída de un meteorito años atrás, valida de alguna manera las propuestas arriesgadas que plantea el director soviético.
Lo más reprochable que le encuentro al film, autor obliga, es, en esta ocasión sí, su larguísima duración. En el presente caso, menos justificada que en el extenso biopic Andrei Rublev donde existía una narración formal o, en Solaris, sin ir más lejos, que guarda mayor relación en sus propuestas con Stalker pero que hacía discurrir la acción sin monotonía. En La Zona todo avanza con la lentitud de los siglos y la metafísica campea por sus anchas en forma de interminables soliloquios que bien hubieran podido añadirse a un preámbulo, para poner en situación al espectador y prevenirle de aquello que está por suceder. En definitiva, que el trasfondo filosófico-espiritual-religioso de la película puede adormecer por su exceso verborreico, aún en forma de pensamiento.
Algunas imágenes llegan a traspasar la realidad y en ellas hay que buscar la esencia, lo mejor de la película, con pasajes de extraordinaria belleza, algunos coincidentes con la narración de poemas del propio padre del realizador ruso.
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