Crítica de Sólo los amantes sobreviven por MeraLuna
El hastío de miles de años viviendo entre humanos que son como zombies, que se mueven lento, carentes de fuerza e inteligencia, y de quienes apenas pueden beber su sangre contaminada, pues la podredumbre de la humanidad les obliga a buscarla constantemente en el mercado negro.
Adam, un músico inteligente y depresivo, lleva cientos de años componiendo sin relacionarse con nadie viviendo en una urbanización desolada en Detroit que le permite mantener su anonimato.
Eve vive en la vieja ciudad de Tanger, es quien lleva mejor la inmortalidad gracias a su pasión por la literatura.
Sin ganas ya de abandonar sus respectivas guaridas, sienten la urgencia de volver a reunirse cuando Adam se encuentra pensando en meterse una bala de madera en el pecho tras haber perdido las ganas de vivir.
La película se llena de inteligentes diálogos, conversaciones de añoranza por la auténtica historia de la humanidad y sus logros, de los que ellos dos son en buena parte responsables, y por aquellas cosas que hacen que vivir merezca la pena.
Tom Hiddleston y Tilda Swinton brillan con luz propia, no en sus interpretaciones de Adam y Eve, sino pasando a convertirse en ellos. Jarmush, quien retrata como nadie los vacíos y la soledad de quienes en ellos habitan, sumerge su obra en un hipnótico romanticismo con una excelente fotografía.
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