Crítica de Mi verano de amor por jdmorris
Mientras Mona ve cómo su hermano ex-presidiario, único pariente vivo, convierte el bar familiar en un lugar de culto bastante tóxico... cómo Ricky, un tipo casado, da por terminada la paupérrima relación que mantienen... y cómo ella misma no es capaz de vislumbrar un futuro esperanzador para sí; Tam ha vuelto a casa del internado para las vacaciones de verano, pero seguirá sintiéndose sola; eso sí, hablando de Nietzsche, Freud, Shakespeare o Wagner y tocando el chelo y montando a caballo divinamente.
Parece que ven un apoyo la una en la otra e inician una particularísima relación que no pinta demasiado bien desde el principio tanto por factores generales como por otros detalles (en serio no te diste cuenta de que algo andaba mal cuando te dejó tirada durmiendo en el campo de tenis para irse a cenar con su familia, Mona?), y posteriormente se comprueba que en efecto no iba a haber ningún final feliz.
El hermano de Mona, interpretado por Paddy Considine, es un personaje que me provoca una mezcla de urticaria y asco, así como lo que representa. Qué fácil es echar balones fuera y culpar de las conductas rastreras, de los errores propios, de los defectos, etcétera, al diablo y a algo que te manipula. Y si realmente encuentras a Dios y te va bien, demuéstralo con tus actos cotidianos, no montes circos ni escenas, ni arrastres a otros contigo, ni juzgues a los que no te siguen el rollo. No puedo con ello, de verdad.
Volviendo a las dos protagonistas, es una relación lésbica, sí, pero creo que eso es puramente anecdótico, no toda historia que contenga una relación homosexual hay que medirla con ese rasero. En este caso, se podría haber cambiado el sexo de una de las dos, o incluso de las dos, y la historia seguiría estando ahí. Esto trata de dos personas que, por más que lo intenten, probablemente ya no serán capaces de mantener una relación sana en su vida, ni mucho menos de llegar a ser medianamente felices, y sobre eso es sobre lo que hay que reflexionar.
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