Danny DeVito, quien producía, dirigía e incluso daba vida al odioso señor Wormwood, adaptaba el relato homónimo de Roald Dahl con toda la sensibilidad que tan entrañable historia requería, pero también, y aportando su habitual sentido del humor, con la inteligencia suficiente como para no subestimar jamás el público al que iba dirigida. Su mirada, siempre entre el esperpento y la ternura, lograba que la crueldad del mundo de los adultos, aquí llevado hasta la parodia más hiperbólica y disparatada, conviviera en perfecta armonía con el desbordante sentido del humor, de sorprendentes pinceladas de comedia negra, que envolvía a toda la película. Quizás por todo ello, por ese equilibrio entre todo cuanto hace que la vida sea tan amarga y maravillosa al mismo tiempo, es por lo que 'Matilda' sigue siendo tan especial y por lo que sigue apelando, independientemente del momento vital en que la conocimos por primera vez, a esa misma necesidad, tan humana como universal, de descubrir quiénes somos en realidad. De, en definitiva, ser capaces de encontrar un lugar al que pertenecer, una familia en la que encajar y una historia propia que poder reescribir, como si de un libro se tratase, cuando sentimos que la que nos ha tocado no es, ni mucho menos, aquella que nos define.
«Todo el mundo nace, pero no todo el mundo nace igual. Hay quien nace para carnicero, o panadero o cerero. Algunos solamente servirían para hacer ensalada de tapioca. Pero de una manera u otra, cada ser humano es único. Para bien o para mal».
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