La directora del colegio es tan desmedida que acaba resultando casi cómica, aunque la risa se te queda un poco atrapada. No es ternura lo que provoca, es una mezcla rara de incredulidad y rechazo. Y aun así, funciona. Quizá porque todo ese mundo hostil sirve para que el contraste con la maestra sea aún más fuerte. La señorita Miel no es perfecta ni grandilocuente; simplemente está, cuida, escucha. Y eso, en este contexto, lo es todo.
La historia conecta especialmente con quienes crecieron sintiéndose invisibles o poco queridos. Tiene algo de fantasía reparadora, de justicia poética, sin ponerse cursi ni pedir perdón por ser oscura. A ratos duele, a ratos divierte, y en medio deja una sensación honesta: no todos los adultos merecen respeto automático, y a veces sobrevivir ya es una forma de valentía.
Valoraciones en tu crítica:
Todavía no hay comentarios
Comentarios