Admitámoslo, "M3GAN" sólo merece la pena verla por su estrella robótica en sí misma. A través de su falsa apariencia de niña pequeña, del descubrimiento de sus crecientes habilidades, de su aleatoria forma de moverse o de la sensación de peligro tras sus inquietantes miradas, la única presencia aberrante del muñeco androide en la vida cotidiana (y en algunos escenarios) es el principal factor de un mínimo de incomodidad dentro de un largometraje que claramente se esfuerza en enfatizar su evidente falta de audacia.
A través de la ultra tópica relación madre-hija sustituta o del caricaturesco entorno profesional en el que interfiere este elemento perturbador, "M3GAN" se limitará básicamente a repetir su simplista leitmotiv: la tecnología no puede sustituir la presencia de un ser humano. El último acto tendrá al menos el mérito de ser un poco más accidentado aunque, también en este caso, los acontecimientos se sucederán sin sorpresa para acabar en un epílogo que cristaliza en sí mismo la escasísima dosis de inventiva de la película.
Gerard Johnstone monta una obra tan prematura e inofensiva que induce tanto al bostezo que te hace sentir que se te cae la mandíbula. El director no toma riesgos, salvo incluir algunos toques humorísticos (lo justo para despertarnos de nuestro letargo). Con su clasificación, esta película de pseudo-horror para preadolescentes será olvidada tan rápidamente como fue vista.
Las dos actrices principales interpretan muy bien la evolución de los sentimientos y la relación entre la sobrina y su tía, pero sin el nivel de locura que la película habría necesitado.
En resumen, un muñeco loco no hace necesariamente una buena película, y menos loca. Por muy avanzada que esté tecnológicamente, M3GAN habría necesitado los hilos de un titiritero realmente bueno por encima de ella para establecerse como una asesina icónica de su especie. Aquí, a pesar de sus cualidades intrínsecas como juguete fuera de serie, sólo es objeto de una primera prueba poco concluyente.
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