Visualmente hay elementos que quieren impresionar: ciudades relucientes, tecnología futurista, artefactos curiosos… pero nada termina de cuajar. Muchos de esos detalles parecen más decorado que mundo vivo, y eso acaba pasando factura. En lugar de sentir curiosidad, uno tiene la sensación constante de estar viendo algo artificial, poco trabajado, casi de cartón piedra.
El mensaje sobre la superficialidad y la obsesión con la belleza está claro desde el minuto uno, quizá demasiado. No hay mucho espacio para el matiz ni para la incomodidad real; se enuncia la idea, pero rara vez se profundiza en ella. Eso hace que la historia avance de forma atropellada, saltando de un punto a otro sin dejar poso emocional.
Las interpretaciones tampoco ayudan a levantar el conjunto. Hay personajes que parecen estar ahí solo para cumplir función, sin alma ni peso real. Curiosamente, cuando aparecen ciertas relaciones más sinceras, más humanas, la película gana algo de pulso y deja ver lo que podría haber sido si se hubiera atrevido a ir un poco más allá.
Al final queda una sensación agridulce: una propuesta con potencial, pero ejecutada sin convicción, que se queda en la superficie de lo que pretende criticar. Más que enfadar, deja indiferente, y eso quizá sea lo más decepcionante.
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