Redactada: 2020-01-05
Treinta años después de su película muda del mismo título, Cecil B. DeMille se remakeó a sí mismo para crear esta mastodóntica superproducción con mejor reparto, más dinero, mayores escenarios, más minutos y más de todo. Porque a veces más sí es mejor, y el resultado habla por sí solo: grandes actuaciones, impresionante puesta en escena y, en definitiva, todo lo que cabría esperar de una producción con semejante presupuesto.

Ahora bien, aún con un montón de factores a su favor no es una película fácil de ver ni que pueda gustar a todo el mundo. Primero de todo, dura casi tanto como la propia travesía de Moisés por el desierto, por lo que verla del tirón requiere de paciencia bíblica. Las actuaciones, aunque buenas, pueden resultar muy teatrales y a veces parecen intentar darle excesiva majestuosidad a ciertos momentos (aunque si estás separando las aguas del mar es normal venirte arriba). Y por supuesto, la temática religiosa puede espantar a más de uno, aunque también hay que decir que eso solo es una parte de la trama y que también hay intrigas palaciegas egipcias y hostilidades faraónicas.

No es una película que recomiende pero vale la pena echarle un ojo aunque solo sea por su valor cinematográfico.
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