Crítica de Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el armario por BlackSwan
La lucha entre el bien y el mal no se presenta de forma cínica ni ambigua, y eso hoy en día se agradece muchísimo. El mal es frío, seductor y cruel, y el bien no es ingenuo ni débil, sino firme, sacrificial y lleno de autoridad. Esa claridad no resulta infantil, al contrario: da descanso. Hay algo muy sano en una historia que no se burla de conceptos como la lealtad, la obediencia o el valor de hacer lo correcto incluso cuando cuesta.
La figura de Aslan tiene un peso especial. No solo por su presencia imponente o por la voz que lo acompaña, sino por lo que transmite: una mezcla de poder y ternura que inspira respeto, pero también confianza. Cada una de sus apariciones deja una sensación extraña, como si hubiera algo más grande en juego de lo que los personajes alcanzan a comprender del todo. Y eso, al menos para mí, conecta con una visión del mundo donde no todo gira alrededor del ego humano.
Los niños no son héroes perfectos ni especialmente brillantes, y eso los hace cercanos. Se equivocan, dudan, tienen miedo. Pero precisamente ahí está la belleza del relato: en cómo el crecimiento no viene de mirarse a uno mismo, sino de aprender a responder con responsabilidad a lo que se les ha confiado.
Visualmente es una película muy cuidada, pero lo que permanece no son tanto los efectos como el tono. Hay reverencia, hay asombro, y hay una sensación constante de que el mundo es más grande que nosotros. Y cuando una historia logra transmitir eso sin necesidad de decirlo en voz alta, para mí ya ha hecho algo muy valioso.
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