Redactada: 2025-11-29
Desde que apareció por primera vez en la novela de Edgar Rice Burroughs en 1912, Tarzán se ha convertido en una de esas figuras emblemáticas que vuelven una y otra vez a hacer acto de presencia en la gran pantalla (y muchos otros formatos). Ya hemos perdido la cuenta de las versiones del célebre rey de la selva, y la sensación de que todo está dicho sobre él es más que evidente. Así que, ¿qué sentido tiene sacarlo otra vez del baúl de los recuerdos en plena época de blockbusters superheróicos y su lluvia de efectos especiales? Pues precisamente para tratarlo "como" un superhéroe. Al fin y al cabo, el personaje protagoniza no pocos cómics, y su destino de huérfano criado en la selva con capacidades animales sobrehumanas lo convierte en candidato ideal para encajar en la línea de películas de Marvel y DC. No es tan descabellado, si lo pensáis. David Yates se lanza de cabeza a esa idea y convierte a su Tarzán en un tipo que no tiene nada que envidiar a sus colegas enmascarados. Con acierto, Yates decide no contarnos otra vez la misma historia de siempre (los orígenes del mito aparecen, pero solo en forma de flashbacks), y dibuja su versión de 2016 como si fuera una secuela: Tarzán, ahora como Lord Greystoke, vuelve al Congo donde creció, atrapado en un plan urdido por un colonizador sin escrúpulos. Desde las primeras imágenes de un Londres gélido y austero hasta la llegada a la jungla envuelta en bruma, queda clarísimo el tono: "La leyenda de Tarzán" va a ser muuuy oscuro, aquí no hemos venido a reírnos. Un jefe tribal sediento de venganza, un Christoph Waltz en su papel número 56 de villano (siempre un poco estirado, lo que refuerza su lado cruel), una población esclavizada, la locura colonizadora del hombre blanco como lacra eterna de África y un Tarzán criado a base de golpes por sus colegas primates… este “Tarzán versión DC” es tan serio como un médico dando malas noticias. Y podría funcionar… si la película tuviera algo realmente interesante que contar. Porque, más allá del uso inteligente del contexto histórico (el Congo saqueado por los belgas) y de los mensajes clásicos de la historia (bastante bien trasladados, como la idea de armonía con la naturaleza), la estructura del guion no ofrece más que esto: Tarzán tiene que rescatar a su amada de las garras de un villano. Punto. Se intenta disimular con subtramas y un montón de peripecias exageradas, pero no cuela: "La leyenda de Tarzán" parece un cubo sin agua. Ni los actores logran salvarlo. Alexander Skarsgård tiene un físico perfecto para el papel, pero su Tarzán no deja huella. Christoph Waltz (el gran villano) y Samuel L. Jackson (el compañero de turno, vagamente cómico) sobre actúan como si reinterpretaran, una vez más, variaciones de papeles que ya han hecho antes y mejor. Solo Margot Robbie sale más o menos indemne en su papel estereotipadísimo de “damisela en apuros pero con carácter”. Visualmente, al film le falta un soplo épico que nos haga volar de liana en liana con Tarzán (salvo dos o tres escenas). Intenta suplirlo con una avalancha de efectos digitales que quieren impresionar: funcionan con los animales, muy logrados y convincentes (especialmente los primates y en el tramo final), pero bastante menos con los decorados, que a menudo cantan a croma barato desde kilómetros. "La leyenda de Tarzán" deja una sensación de vacío absoluto, porque nada, en el fondo, justifica este retorno contemporáneo más de entretener sin demasiados problemas durante hora y cincuenta. Pero se esfuma en la jungla de nuestra memoria en cuanto termina.
Guion
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Banda sonora
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Interpretación
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Efectos
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Ritmo
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Entretenimiento
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Credibilidad
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Fotografía
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Dirección
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