Crítica de Irma la dulce por gjulo
Y Wilder siempre tiene ese sentido de la burla, esa forma de jugar con los clichés y de romper la moral convencional. Aquí, esa moralidad la encarna primero un policía que pretende aplicar la ley al pie de la letra... ¡hasta que descubre que su jefe estaba él mismo entre las prostitutas! Luego se enamora de una de ellas, ¡pero aún así quiere seguir con su trabajo! Wilder aborda el dinero, el sexo, el amor y las relaciones, utilizando brillantemente la farsa para descifrar sus códigos, lo que da lugar a algunas situaciones muy divertidas y bien elaboradas. Pero la razón de que funcione tan bien es que Wilder demuestra una vez más todo su talento y pinta un cuadro de personajes consistentes, ambiguos y sobre todo muy entrañables (ya sean la pareja protagonista o personajes secundarios como el camarero), capaces de hacernos pasar por varios sentimientos, incluyendo por supuesto (y sobre todo) la risa. Con la ayuda del Diamond, escribe diálogos cincelados e imparables, secuencias llenas de buenas ideas (la introducción, la llegada del señor, el desenredo de Lemmon, etc.) y una estupenda dirección de actores, donde el genial Jack Lemmon no cae nunca en la pesadez y se muestra divertidísimo, gracias en particular a su mímica, mientras que la chispeante Shirley McLaine se divierte llevando a los hombres de cabeza y ¡sigue con su oficio para apoyar a su hombre! Donde "Irma la Dulce" me decepciona un poco e impide que llegue al nivel de otras comedias de Wilder es en su segunda mitad, que se alarga demasiado y contiene algunos recursos argumentales fáciles y/o decepcionantes. Algunos de los gags no funcionan tan bien, o incluso parecen demasiado forzados, y el ritmo frenético con el que comienza esta comedia se desvanece poco a poco. Es una pena, pero no es perjudicial, ya que el conjunto sigue siendo de gran calidad, a veces irresistible y terriblemente entrañable.
En resumen, puede que Billy Wilder haya producido obras más brillantes en su rica e ilustre carrera, pero sería una pena perderse ésta, hasta el punto de que el director, reunido con su guionista, su actor favorito y la chispeante Shirley McLaine, se divierte rompiendo códigos y jugando con la moral vigente en la época, para un resultado al que no le falta encanto, humor ni ternura.
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