Redactada: 2025-10-31
Afirmaba H. P. Lovecraft, en su ensayo 'Supernatural Horror in Literature', que no hay emoción tan antigua e intensa como el miedo ni, del mismo modo, temor equiparable a aquel que sentimos hacia lo desconocido. Hacia todo aquello que ni tan siquiera somos capaces de comprender y que John Carpenter, culminando aquí su conocida como Trilogía del Apocalipsis, lograba reflejar con gran acierto a través del personaje de John Trent, un investigador privado que, tras ser contratado para encontrar a un afamado escritor de novelas de terror —concebido como un cruce entre el propio Lovecraft y Stephen King—, acabará envuelto en una delirante espiral de desconcierto, horror cósmico y entidades primigenias donde la realidad parece plegarse sobre sí misma al tiempo que la razón, si es que todavía queda alguna en tan inenarrable plano dimensional, se diluye entre el profundo abismo de la locura colectiva. Incluso la propia cordura de John, a priori defensor de que la desaparición del autor no obedecía sino a una retorcida estrategia de marketing, se irá desvaneciendo bajo la remota posibilidad de que toda su creación, alimentada en buena parte por el exacerbado fanatismo de sus lectores, haya fagocitado a la propia realidad.

Carpenter, en la que podríamos considerar como la cima de su madurez creativa, volvía a recuperar temas recurrentes como los de la débil certeza de la percepción, los peligros del pensamiento grupal o la corrosiva influencia de la fe ciega —ya sea religiosa, política o incluso cultural— en la sociedad, solo que articulados, además, en una misma y perversa sátira sobre la manipulación de las masas y la fragilidad de la razón humana. Lo que podría haberse limitado a un simple homenaje a la obra de Lovecraft, aun sin estar directamente basado en ninguno de sus relatos, se transformaba entonces en una brillante reflexión, no exenta de ocasionales destellos de humor negro, sobre la propia naturaleza de la creación artística y cómo su posterior consumo, anticipándose de algún modo a esa nueva era de la viralidad y el pensamiento colmena en la que nos ha tocado vivir, es capaz de moldear la realidad hasta hacerla, con más frecuencia de la que nos gustaría, casi indistinguible de la ficción. Quizás no tanto como para llevarnos a la misma clase de delirio vivido por John, pero sí como para poder acompañarlo en esta enfermiza pesadilla lovecraftiana, tan malsana en su fantástica y siniestra ambientación como hipnótica en su desarrollo, capaz de devorar nuestra propia cordura hasta dejarnos atrapados, como bien nos sugería el título, en la boca misma del miedo.
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