Crítica de En la boca del miedo por MrPenguin
Carpenter, en la que podríamos considerar como la cima de su madurez creativa, volvía a recuperar temas recurrentes como los de la débil certeza de la percepción, los peligros del pensamiento grupal o la corrosiva influencia de la fe ciega —ya sea religiosa, política o incluso cultural— en la sociedad, solo que articulados, además, en una misma y perversa sátira sobre la manipulación de las masas y la fragilidad de la razón humana. Lo que podría haberse limitado a un simple homenaje a la obra de Lovecraft, aun sin estar directamente basado en ninguno de sus relatos, se transformaba entonces en una brillante reflexión, no exenta de ocasionales destellos de humor negro, sobre la propia naturaleza de la creación artística y cómo su posterior consumo, anticipándose de algún modo a esa nueva era de la viralidad y el pensamiento colmena en la que nos ha tocado vivir, es capaz de moldear la realidad hasta hacerla, con más frecuencia de la que nos gustaría, casi indistinguible de la ficción. Quizás no tanto como para llevarnos a la misma clase de delirio vivido por John, pero sí como para poder acompañarlo en esta enfermiza pesadilla lovecraftiana, tan malsana en su fantástica y siniestra ambientación como hipnótica en su desarrollo, capaz de devorar nuestra propia cordura hasta dejarnos atrapados, como bien nos sugería el título, en la boca misma del miedo.
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