Subir la apuesta o, por el contrario, saber retirarse a tiempo. Ganar o perder. Par o impar. La eterna disputa que da sentido a todo juego de azar, pero también, y como bien demostrarán nuestros dos protagonistas, a toda buena comedia que se precie. Uno, Charlie —a cargo del ya icónico Bruce Spencer—, grande, corpulento y con cierta predisposición a resolverlo todo a base de guantazos. El otro, su medio hermano perdido Johnny —el no menos memorable Terence Hill—, ágil, pícaro y con una notable tendencia a meter en problemas al primero. Polos opuestos unidos por la sangre y por la acuciante necesidad, o eso le venderán a Charlie, de tener que recaudar medio millón de dólares para la operación de su padre, quien dice haberse quedado ciego de la noche a la mañana. El reto, complicado. La solución, adentrarse en una enrevesada red de apuestas ilegales en la que no faltarán los villanos de medio pelo, las peleas imposibles ni, por supuesto, la correspondiente timba de póker donde la mano ganadora, como no podía ser de otro modo, no será tanto la que mejores cartas maneje como sí —y de esto Bud sabe un rato— la que mayores tortazos reparta.
Quizás lo más curioso de la película, más allá de lo opuestos que son ambos hermanos, resida en el hecho de que fuera alguien como Sergio Corbucci, el otrora gran exponente del spaguetti western junto a Sergio Leone, quien se encargase de dirigir tan disparatada aventura. Su estilo seguía en cierto modo presente, solo que dejando atrás los revólveres por los puños, los duelos al amanecer por las tormentas de bofetones y, en definitiva, la violencia más cruda por la comedia física al más puro estilo Mortadelo y Filemón. Tanto como para que hasta sus más que evidentes flaquezas, todas ellas heredadas de la repetitiva y ya clásica fórmula de este tipo de cine, quedasen enterradas bajo el innegable encanto de unos personajes cuya divertida dinámica, incluyendo la que mantendrán con unos mafiosos más cercanos a la pura caricatura que a la maldad genuina, rara vez fallaba a la hora de arrancarnos una sonrisa. Más si cabe a los seguidores del dúo Spencer-Hill, aunque también a todos aquellos amantes de los mamporros que encontrarán aquí, y nunca mejor dicho, una apuesta segura contra el aburrimiento.
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