Quizás lo más curioso de la película, más allá de lo opuestos que son ambos hermanos, resida en el hecho de que fuera alguien como Sergio Corbucci, el otrora gran exponente del spaguetti western junto a Sergio Leone, quien se encargase de dirigir tan disparatada aventura. Su estilo seguía en cierto modo presente, solo que dejando atrás los revólveres por los puños, los duelos al amanecer por las tormentas de bofetones y, en definitiva, la violencia más cruda por la comedia física al más puro estilo Mortadelo y Filemón. Tanto como para que hasta sus más que evidentes flaquezas, todas ellas heredadas de la repetitiva y ya clásica fórmula de este tipo de cine, quedasen enterradas bajo el innegable encanto de unos personajes cuya divertida dinámica, incluyendo la que mantendrán con unos mafiosos más cercanos a la pura caricatura que a la maldad genuina, rara vez fallaba a la hora de arrancarnos una sonrisa. Más si cabe a los seguidores del dúo Spencer-Hill, aunque también a todos aquellos amantes de los mamporros que encontrarán aquí, y nunca mejor dicho, una apuesta segura contra el aburrimiento.
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