El problema es que, a medida que avanzaba, empecé a notar que el discurso pesaba más que la historia. No me molesta que una serie tenga una idea clara o una intención detrás, pero cuando la ideología se impone de forma tan evidente, siento que los personajes dejan de ser personas para convertirse en mensajes. Y ahí es donde, al menos para mí, la cosa se enfría bastante. Hay escenas que parecen más pensadas para subrayar una postura concreta que para explorar las consecuencias reales de ese nuevo poder.
Me incomodó especialmente la forma en la que, en muchos momentos, lo masculino queda reducido casi a una caricatura. No tanto como crítica social, que puede ser interesante, sino como una especie de ajuste de cuentas constante. Echo en falta más grises, más contradicciones, más humanidad en ambos lados. Porque cuando todo se plantea en términos de dominación y revancha, el relato se vuelve previsible y, a ratos, agotador.
Eso no quita que haya cosas bien hechas. Las actuaciones son sólidas, y se nota el nivel de producción. Hay escenas visualmente impactantes y situaciones que podrían haber dado mucho más de sí con un enfoque menos cargado. Quizá por eso la decepción es mayor: no es que la serie sea mala, es que siento que se pierde en su propio mensaje. Yo, al menos, necesitaba algo más de equilibrio y menos consigna.
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