Crítica de Delicadas y crueles por gjulo
Porque la serie empieza ya con una idea clara: no estamos solo ante un drama de danza. Desde el primer momento, con la caída de una alumna y el misterio que la rodea, se introduce un componente casi policial que atraviesa toda la historia. La investigación avanza entre sospechas, secretos y medias verdades, mientras los personajes intentan sobrevivir en un entorno donde la presión es constante y la competencia, feroz.
Es difícil no pensar en el homenaje a Dario Argento y especialmente a Suspiria. Hay múltiples guiños: los decorados, ese aire entre art déco y gótico, los pasillos interminables, la cámara inquieta, la iluminación contrastada… Todo contribuye a crear una atmósfera casi enfermiza, donde los personajes parecen moverse más como fantasmas que como personas reales.
A esto se suman los ingredientes habituales: amor, rivalidad, celos, deseo, ambición… y una sensación constante de que algo va a salir mal. La muerte está presente, no siempre de forma explícita, pero sí como una sombra que nunca desaparece. Nada parece estable, todo puede romperse en cualquier momento, y eso forma parte del atractivo de la serie.
Uno de los mayores aciertos está en el casting. Aquí se ha apostado claramente por bailarines profesionales con cierta capacidad interpretativa, en lugar de actores que simplemente sepan moverse. Y se nota. Basta recordar el caso de Natalie Portman en Black Swan, donde gran parte del trabajo de baile recaía en su doble, Sarah Lane. En una serie como esta, eso habría sido insostenible.
Los números de baile, sin ser extraordinarios, funcionan bien dentro del contexto de aprendizaje y exigencia en el que se mueven los personajes. Más que buscar la perfección, transmiten esfuerzo, disciplina y, en muchos casos, agotamiento.
Por otro lado, la serie adopta también ciertos códigos de la comedia de situación: una narración ágil, escenas que se encadenan rápidamente, un espacio principal que se transforma continuamente y unas relaciones humanas que oscilan entre la ingenuidad y la exageración. A veces todo roza el exceso, como si la serie estuviera constantemente al borde de perder el control.
Y quizá ahí está la clave. Tiny Pretty Things no siempre sabe qué quiere ser, pero precisamente en ese desequilibrio encuentra su identidad. Todo está llevado al límite: las emociones, los conflictos, las decisiones. Y al final, da la sensación de que nada es realmente estable… y que eso, en el fondo, tampoco importa demasiado.
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