Crítica de Anatomía de un escándalo por gjulo
"Anatomía de un escándalo". La serie se presenta como un thriller judicial centrado en la noción del consentimiento, enfrentando las versiones de acusación y defensa, al tiempo que explora la onda expansiva que una denuncia de este tipo puede provocar dentro del núcleo familiar. Con David E. Kelley y Melissa James Gibson en la producción y el guion, y S.J. Clarkson en la dirección, el proyecto reúne a un equipo curtido en el mundo televisivo para adaptar la novela de Sarah Vaughan. El talento de Kelley, antiguo abogado, vuelve a brillar especialmente en las escenas de tribunal, que resultan particularmente eficaces dentro del rígido decorado del sistema judicial británico, retratado con notable realismo. De hecho, la intensidad de estas secuencias y la calidad interpretativa convierten las distintas fases del juicio en el principal motor de una serie que, sin embargo, tiene dificultades para desprenderse de cierto clasicismo, ya que sus temas, pese a su actualidad, han sido explorados en numerosas ocasiones en los últimos años. Quizá solo la puesta en escena intenta aportar algo de innovación, aunque con resultados poco convincentes. La forma de representar visualmente el impacto emocional en los personajes hacia el final de los primeros episodios resulta algo ridícula, mientras que los flashbacks rodados con un innecesario efecto ojo de pez aportan poco o nada. En cambio, la dirección sí acierta al integrar dentro del encierro del juicio conexiones con acontecimientos externos o al capturar la fuerza dramática de los interrogatorios. En definitiva, aunque está correctamente ejecutada, "Anatomía de un escándalo" tiene serias dificultades para diferenciarse del aluvión de ficciones surgidas del movimiento "MeToo". Sin embargo, la serie guarda un giro argumental importante. Aunque resulta bastante previsible a partir del tercer episodio (ciertos elementos no están ahí por casualidad), su revelación en el cuarto episodio consigue redistribuir las cartas y renovar la tensión, tanto en el suspense que se respira en la sala del tribunal como en el plano emocional de unos personajes cada vez más al límite. Al desplazar el foco de las consecuencias del proceso judicial hacia extremos inesperados, la serie logra adquirir una nueva dinámica hacia la mitad y profundiza con acierto en varios personajes, especialmente los femeninos, que brillan en la adversidad gracias a las notables interpretaciones de Sienna Miller y Michelle Dockery. No obstante, este giro también juega en su contra. Resulta tan inverosímil que resta parte de la credibilidad construida hasta entonces, empujando la historia hacia un esquema más cercano al melodrama televisivo que al realismo judicial que marcaba sus inicios. Aunque la serie intenta reflejar las consecuencias de este giro en el dolor real de las víctimas de este tipo de casos, la exageración de la situación debilita claramente el vínculo con la realidad que pretende mantener. Aun así, "Anatomía de un escándalo" sigue apostando por la eficacia de sus momentos de tensión dentro de este nuevo terreno narrativo y por el juego de sus personajes, ofreciendo un entretenimiento directo y efectivo que, eso sí, quizá no deje una huella duradera más allá de sus seis episodios. La disección de este escándalo revela una faceta que aspira a ser ingeniosa, pero que termina jugando tanto a su favor como en su contra.
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