Redactada: 2026-07-04
No es que sea esta una película especialmente profunda ni reflexiva, pero lo cierto es que su título, dentro de lo cómico que pueda parecer, escondía uno de los más valiosos consejos que nos haya dejado nunca el séptimo arte: no hacer enfadar a Bud Spencer y Terence Hill. Jamás. Da igual que el motivo fuera un simple malentendido, una apuesta, un plato de judías o, como en el caso que aquí nos ocupa, un flamante buggy de carreras. En apariencia, un pequeño vehículo que nuestros dos protagonistas, por más que le pese al grandullón, ganaron de manera conjunta. En la práctica, la inesperada razón que los llevará a ambos, tras haber perdido su querido cochecito a manos de la mafia local, a enfrentarse a toda una banda criminal en busca de venganza y, ya que estamos, un buggy nuevo para cada uno. Premisa igual de tontorrona que su propio título, pero que a fin de cuentas, y como en todas las películas del icónico dúo, no era sino la excusa perfecta para el posterior desfile de cómicas persecuciones, villanos caricaturescos y antológicos sopapos a mano abierta. Todo ello con tal de restaurar el orden natural del universo y recuperar ese inofensivo cochecillo rojo, aquí reconvertido en poco menos que oscuro objeto de deseo, que se habían ganado por derecho propio. Y es que, si no, se iban a enfadar.

Lo curioso es que la fórmula venía a ser la misma de tantas y tantas películas de la dupla Spencer-Hill, pero con ese algo especial que siempre la ha situado, junto a 'Le llamaban Trinidad' , 'Par-Impar' o 'Quien tiene un amigo tiene un tesoro', entre las más recordadas de toda su filmografía. Momentos como el del coro, la competición de salchichas o la irrupción en la fiesta de los mafiosos, así como su ya inolvidable clímax final, serían más que suficientes para justificar dicho estatus de culto por sí solos, aunque si hay algo que de verdad sostenía a todo el conjunto, al igual que al resto de títulos de este particular tortaverso de la locura, era, por supuesto, la inigualable complicidad que mantenían sus dos protagonistas. La dinámica del gruñón despreocupado y el pícaro deslenguado, eje central de cualquiera de sus buddy movies, seguía siendo la misma de siempre, solo que lo suficientemente pulida como para que el hecho de regresar de nuevo a la película, como a cualquier reunión de viejos amigos, no signifique el encontrarnos con algo especialmente novedoso, sino con todo aquello que, entre el cariño y la nostalgia, nos hará pasar un buen rato. Y, en ese sentido, 'Y si no, nos enfadamos' ofrece, paradójicamente, lo contrario a lo que su título prometía: la garantía de volver a dejarnos, incluso tantos años después, con la misma sonrisa del primer día.
Guion
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Banda sonora
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Interpretación
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Efectos
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Ritmo
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