Crítica de Una noche en la ópera por gjulo
Este fin de semana que podría titularse "Varias tardes de cine en el sofá" rodeada de gente, entre risas que iban y venían sin parar. Tardes que comienzan tarde (pensando que no había plan) y se alargan sin darte cuenta, con comentarios, bromas... Y mientras pensaba: ya no sé ni cuántas veces he visto esta película y siempre termino igual, con dolor de mandíbula. Tenía la crítica hecha desde hace tiempo, pero hoy me apetecía recuperarla con un pequeño homenaje a todas esas personas con las que comparto cine, dentro y fuera de esta página, risas y momentos que hacen la vida mucho más ligera, mucho más bonita. Y también, porque hay películas que siempre llevan a alguien dentro, en mi caso, a mi madre.
Y es que encaja perfectamente con ese ambiente de la película: parece que todo va a su aire, como si no siguiera ninguna norma, y sin embargo ahí está la magia. Desde el primer momento, el caos se impone con una naturalidad pasmosa. Groucho Marx dispara sus réplicas con esa mezcla de descaro y elegancia que lo hace único, especialmente cuando se cruza con Margaret Dumont, que aguanta estoicamente cada embestida verbal. Mientras tanto, Harpo Marx convierte cualquier gesto en un gag y Chico Marx aparece siempre en el momento justo, con esa picardía tan suya. No paran, literalmente no paran: es una sucesión constante de ocurrencias, chistes, juegos de palabras… y todo entra con una facilidad asombrosa.
Y de pronto llega esa escena del camarote, en el transatlántico, que es directamente historia del cine. Empieza como una tontería (una cabina pequeña, una maleta demasiado grande) y acaba siendo un delirio absoluto. Gente entrando y saliendo sin parar, personajes que no pintan nada pero que se suman al caos, encargos absurdos… y ese “¡y también dos huevos duros!” que aparece como un gag recurrente. Lo increíble no es solo la idea, sino cómo la estiran, cómo la exprimen hasta el límite sin que pierda gracia. Es puro ritmo, pura locura perfectamente medida.
La historia casi da igual, y eso es parte del encanto. Hay una trama con rivalidades en el mundo de la ópera, un tenor engreído, una pareja que intenta abrirse camino y todo ese viaje hacia Nueva York. Pero todo eso funciona más bien como una excusa, una especie de hilo del que colgar los gags. Y cuando parece que todo ya no puede dar más de sí, llega el final con "El trovador" de Giuseppe Verdi, donde el disparate termina invadiéndolo todo. La ópera, ese espacio tan serio y tan solemne, acaba completamente dinamitado.
Sam Wood consigue que todo esto tenga forma. No frena a los hermanos Marx (menos mal), pero sí logra que todo ese desmadre funcione (y de qué manera, porque consigue desencajar las mandíbulas a los espectadores). Incluso los números musicales, que podrían cortar el ritmo, aquí se dejan ver sin molestar demasiado, casi como si formaran parte natural del conjunto.
Al terminar, lo que queda es esa sensación de haber pasado por algo totalmente desatado pero increíblemente preciso. Una comedia que se ríe de todo: de la alta sociedad, de la ópera, de las normas… de todo. Y lo hace con una alegría contagiosa. "Una noche en la ópera" no es solo un clásico, es de esas películas que siguen vivas porque entienden algo muy básico: hacer reír, sin más, pero hacerlo de verdad.
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