Redactada: 2026-10-08
Resulta curioso, cuando no directamente paradójico, que la versión de 'Resident Evil' menos preocupada por la fidelidad hacia los juegos sea, en esencia, la que mejor los haya entendido. Y no porque cuente con más referencias que sus predecesoras ―todo lo contrario, de hecho―, sino por haber tomado únicamente algunos de sus elementos más básicos, tales como Raccoon City, Umbrella y el T-Virus, para construir una película que, lejos de abordar la adaptación como un mero desfile de continuas referencias a los juegos, lo ha hecho como el vehículo ideal sobre el que plasmar lo que vendría a ser, a fin de cuentas, la propia experiencia de jugarlos. Esto quiere decir que el protagonista que aquí nos ocupa, Bryan, desde su condición de repartidor torpe que acaba en medio del desastre sin comerlo ni beberlo, no va a adoptar el rol de Chris Redfield, Jill Valentine o Leon Kennedy, sino más bien el que nosotros mismos, como meros jugadores, experimentamos la primera vez que metimos un Resident Evil en la consola, con el mando apenas quieto en nuestras temblorosas manos, y vivimos lo que semejante aventura suponía. Aquí hemos venido a sufrir con él, a compartir sus temores y a acompañarlo en esa misma incertidumbre de no saber qué demonios nos encontraremos, ya sin los clásicos tiempos de carga de antaño, cuando crucemos la próxima puerta.

Zach Cregger, tras haber abordado distintos tipos de terror en 'Barbarian' y 'Weapons', da el salto al survival horror entendiendo que la clave del género no está tanto en la acción como, precisamente, en la sensación constante de estar sobreviviendo al caos. Cada nueva arma encontrada, cada cerrojo que por fin se abre o cada aberración despedazada a golpe de escopeta, incluyendo el correspondiente desperdicio de munición en pleno ataque de pánico, adquiere así una dimensión casi jugable que la propia puesta en escena, muy apoyada en recursos como el de la ocasional cámara en primera persona, se encarga de reforzar en favor de lo que pretende ser, al igual que cualquier Resident Evil, una experiencia puramente inmersiva. Más si cabe cuando esa misma sensación, especialmente en su tramo final, estalla por completo y decide salpicarnos de una buena dosis de body horror rebosante de adrenalina, criaturas aberrantes y una ingente cantidad de sangre que convertirá tan particular odisea, gracias en parte a su ingenioso uso del humor negro, en toda una carnicería tan delirante como divertida. También algo corta quizás, pero tan retorcidamente disfrutable como para desear que este virus siga infectándonos, por una vez,con nuevas y salvajes entregas.
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