Crítica de Las bicicletas son para el verano por MrPenguin
Al principio la trama se centra en Luisito —encarnado por un jovencísimo Gabino Diego—, un niño como cualquier otro que, ajeno a la verdadera dimensión de la incierta etapa que estaba atravesando España, se pasa el día dándole la brasa a su padre para que le compre una bicicleta, pero eso solo es la excusa para que la película, sin adscribirse a ninguna ideología ni posicionarse políticamente en ningún momento, retrate el cómo la guerra afectó a la cotidianidad de millones de personas cuyas vidas nunca volvieron a ser las mismas. El conflicto bélico acaba reducido a tan solo un decorado sobre el que el director, respetando al máximo la esencia de la obra original, va esbozando un melancólico drama familiar con ciertas pinceladas de humor que sirven, de algún modo, para aligerar un poco la crudeza de los hechos relatados. No hay violencia, sangre ni moraleja que valga; es, tan solo, el triste reflejo de todas aquellas generaciones que jamás recuperaron su antigua normalidad. Los medios anunciaban que la guerra había acabado en victoria y, sin embargo, la sensación entre el pueblo era de que, en realidad, se había perdido demasiado.
"Sabe Dios cuándo habrá otro verano".
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