Mula es otra de su obras más personales, de autor, con su sello, se nota obviamente, que sus últimas películas contienen menos acción y son más íntimas, pero no por ello son peores, porque permite adentrar al espectador en rincones más personales de los diferentes personajes de sus películas.
En esta ocasión Clint Eastwood se sumerge en la piel de Earl Stone, un veterano de guerra de noventa años que arruinado y alejado de su familia, encuentra un inesperado y lucrativo empleo como transportista de drogas para un cartel mexicano. (Cuando vi que Clint Eastwood iba a interpretar a un personaje así, lo primero que pensé, eres el puto amo). Lo que sigue es un fascinante viaje de la mano de Earl Stone por un gran abanico emocional, que aborda sentimientos como el arrepentimiento, la soledad o la redención.
Creo que la película está basada en hechos reales, esto lo pongo en cuarentena porque ya se sabe en la ficción lo de "hechos reales". Earl Stone es un personaje que desborda carisma, normal, está interpretado por el mismísimo Clint Eastwood a sus noventa tacos, y fragilidad a partes iguales. Clint Eastwood, con su característica
gestualidad, lo dota de una humanidad y empaque notable. Earl es el típico hombre estadounidense que ha vivido bajo sus propias reglas, priorizando el trabajo y sus caprichos por encima de las relaciones personales, vamos el típico lobo solitario, y esta forma de ser de Earl le ha costado el matrimonio y el distanciamiento con su hija que no le perdona sus ausencias y egoísmo, interpretada por Alison Eastwood, su hija en la vida real.
El éxito de Earl como mula dentro de este negocio de narcotraficante radica en su apariencia inofensiva y su edad avanzada, que lo hacen pasar desapercibido ante las autoridades (cómo he disfrutado este personaje de Clint Eastwood). Sus viajes por las carreteras estadounidenses convierten a la película en una especie de road movie
donde el paisaje se funde con el estado anímico del protagonista, donde parece que Earl quiere enmendar sus errores con su familia, además de disfrutar de su nueva situación económica, pagando sus deudas, ayudando a su comunidad.,.
Es precisamente en la relación con su familia donde la película alcanza sus momentos más emotivos, la relación con su nieta interpretado por Taissa Farmiga, que siempre le ha guardado un cariño incondicional, sirve como punto de inflexión para el cambio en Earl. A través de ella, empieza a comprender el valor de las relaciones humanas y el vacío que ha dejado en su vida al priorizarlas tan poco. Los diálogos son brutales, con mucha carga emocional, se nota que van de la mano de Clint Eastwood, un director con experiencia y sabiduría en este tipo de largometrajes.
Por otro lado, tenemos a un agente de la DEA interpretado por Bradley Cooper que está obsesionado con dar caza al escurridizo narcotraficante, Laton interpretado por Andy García, no me termina de convencer del todo su papel, la verdad. Bradley Cooper, cumple con su papel, pero su personaje es el necesario para completar la historia sin más. Dentro del elenco también podemos encontrar a Laurence Fishburne y Michael Peña que realizan también un buen papel.
Visualmente, la película es sobria y directa, fiel al estilo de Clint Eastwood. Y con respecto a la fotografía captura la vastedad de los paisajes americanos.
Con respecto al ritmo de la película, "Mula" puede resultar algo lento para algunos, especialmente en la primera mitad del film. Sin embargo, esta lentitud es necesaria para sumergirnos en la vida de Earl y conocer mejor su personalidad.
La película no busca la acción trepidante ni los giros inesperados como comentaba al principio, sino una profunda reflexión sobre las segundas oportunidades y el peso de las decisiones.
En definitiva, Mula es otra joyita del talento de Clint Eastwood, tanto delante como detrás de las cámaras. En este largometraje podemos encontrar un drama íntimo y conmovedor sobre un hombre que al borde del final de su vida intenta hacer las paces con su familia. Un film que recuerda al espectador que nunca es demasiado tarde para cambiar, para pedir perdón y para valorar lo que realmente importa. Completamente imprescindible.
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