Redactada: 2026-07-27
En el momento en que toda leyenda nace, muere aquello que la hizo posible. Da igual cuántas veces cambie de rostro, de época o de narrador; llega un momento en que todo aquel denominado héroe, más por clamor popular que por propia voluntad, deja de ser dueño de sí mismo para convertirse, con el paso del tiempo, en propiedad de quienes así decidan contar su historia. En el caso concreto de Robin Hood, más conocido como aquel que robaba a los ricos para dárselo a los pobres, hablamos de un mito cuyos verdaderos orígenes, como así recogen los primeros escritos medievales, distan sobremanera de esa versión mucho más amable, propia de tiempos más dichosos, que ha acabado llegando hasta nuestros días. Una más que curiosa evolución del folclore que Michael Sarnoski, haciendo aquí las veces de director y guionista, se encarga de revertir para crear un relato que, salvo momentos puntuales, nunca parece interesado en inmortalizar la supuesta heroicidad del personaje, sino más bien en preguntarse qué ocurre cuando el hombre detrás de la leyenda, una vez despojado de toda su aura épica, es incapaz de reconocerse en esa antagónica dualidad —salvador para unos, criminal para otros— que da forma a los fantasmas de un oscuro pasado que tan solo él mismo, fuera ya de toda fabulación, parece conocer de verdad.

El mito se transforma así en un drama profundamente introspectivo, existencial incluso, donde la aventura deja paso al drama, la violencia a la culpa y el legendario arquero de Sherwood, el otrora llamado defensor del pueblo, a una sombra que ya solo aspira a encontrar algo de paz, si es que acaso es ello posible, antes de su inevitable final. Todo cuanto rodea a su incierto peregrinaje, desde la abrumadora belleza de su fotografía hasta la triste melancolía de la banda sonora, de fuertes raíces folk, parece concebido para reforzar esa misma sensación de agotamiento que el propio protagonista, a cargo de un inmenso Hugh Jackman, arrastra consigo. Su Robin Hood compone una figura tan cansada física como emocionalmente; un vago recuerdo de la leyenda cuyo trágico devenir, como ya nos anticipa el propio título, no hace sino teñir de un pesimismo casi terminal a una historia que, como era de esperar, poco o nada tiene que ver con otras adaptaciones del personaje. No estamos por tanto, más allá de un violentísimo arranque al más puro estilo western, ante un relato de aventuras, sino ante un crudo drama personal, quizás demasiado pausado por momentos, sobre el peso del legado, el transcurso del tiempo y la historia que uno mismo, con todos sus errores y aciertos, es capaz de construir. Sobre lo que implica la muerte del hombre y, con ella, la del mito mismo que lo vio nacer.
Guion
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Banda sonora
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Interpretación
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Ritmo
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