La representación de la Trinidad es, sin duda, lo más polémico. Entiendo la intención simbólica y el contexto emocional del protagonista, pero aun así me genera incomodidad. Hay decisiones que buscan acercar a Dios al espectador, aunque en algunos momentos rozan una simplificación teológica que me cuesta aceptar. La soberanía de Dios y el sufrimiento no son temas fáciles, y aquí a veces se abordan de forma un poco superficial.
Aun así, hay escenas que tocan el corazón. El mensaje sobre el perdón y la necesidad de soltar la amargura está bien trabajado emocionalmente. No es una película para analizar con lupa doctrinal, sino para verla desde la herida. Eso sí, conviene verla con discernimiento.
Me hizo pensar, me hizo cuestionar cosas, y también me dejó con sensaciones encontradas. Y quizá eso, en parte, también tiene valor.
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