Redactada: 2024-10-24
Me dejó tocada, pero no en el sentido bonito. Es de esas películas que pesan en el cuerpo mientras las ves, que te obligan a mirar algo incómodo sin darte apenas respiro. Brendan Fraser está enorme, y no hablo solo del físico: hay momentos en los que sostiene la escena con una fragilidad que duele de verdad. Aun así, tuve la sensación constante de que la película insiste demasiado en su sufrimiento, como si quisiera que no apartaras la mirada del deterioro, casi empujándote a sentir lástima.

Hay escenas duras que rozan lo excesivo, y el traje de 300 kilos acaba convirtiéndose en una barrera entre el personaje y el espectador. Más de una vez pensé que se estaba subrayando demasiado lo obvio. Eso no quita que Sadie Sink aporte una energía áspera y necesaria, y que algunas conversaciones tengan verdad, incluso cuando incomodan.

El tono es oscuro, cerrado, muy fiel a Aronofsky, pero aquí esa intensidad no siempre encuentra un lugar donde respirar. Se intuyen temas potentes —culpa, perdón, necesidad de amor—, aunque no terminan de asentarse emocionalmente. Sales removida, sí, pero también con la duda de si tanto golpe era realmente necesario.
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