Una historia de almas perdidas conectadas por el dolor; la de dos personas condenadas a existir casi como fantasmas en vida y que, pese a pasar inadvertidas para el resto del mundo, logran cruzar sus destinos y crear un fuerte vínculo entre ellas. Él, un vividor que se dedica a ocupar casas ajenas mientras sus dueños están de vacaciones: limpiándolas, reparando enchufes o cualquier otra cosa si hace falta y desapareciendo antes de ser descubierto. Ella, una mujer maltratada por su marido que vive recluida en su casa y que hace tiempo que ha perdido la motivación para seguir viviendo. La silenciosa existencia de ambos los lleva a encontrarse, y su sufrimiento, a entenderse.
Y, si bien es cierto que la premisa es algo surrealista y que el director se toma algunas licencias metafóricas para que la trama pueda sostenerse pese a los posibles agujeros argumentales —de ahí que puede desatar cualquier sentimiento en el espectador—, no cabe duda de que es toda una experiencia en sí misma y una película realmente original. Personalmente me parece una historia maravillosa, de lo mejor que ha hecho Kim Ki-duk.
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