Crítica de El último vikingo por Dagin
Un tipo ciertamente odioso que sólo piensa en si mismo, sale de la cárcel con el anhelo de recuperar un dinero que su hermano, con cierto grado de autismo y trastorno de la personalidad, escondió en los alrededores de la vieja casa familiar.
Allí en la casa empezarán a florecer recuerdos que sin embargo no excusan el carácter mezquino del hermano mayor, pero si nos deja ver los problemas que hay detrás de una familia desestructurada, no por el autismo del hermano pequeño, sino por el alcoholismo y la agresividad del padre.
Los escandinavos no son muy dados a mostrar sentimientos, pero cuando lo hacen, te desarman. Lo hacen de una forma fría, cruda, directa, sin paliativos y entonces ese tempano tras el que se esconden, se derrite y no puedes sino sentir un profundo respeto, pues no es una fachada de hipocresía, más bien de educación social, de no querer perturbar al prójimo.
Por el camino también se profundiza en lo tremendamente desconocido que es todavía la mente de algunas personas que pueden sufrir algún trastorno psicológico. Y nos muestra las dos caras: la dura y desquiciante cuando tienes que lidiar con ellos y no puedes atender a tu propia, y socialmente aceptada, lógica y sensatez; pero también la hilarante y tierna que es mirar a través de los ojos de estas personas. Si la excusa es volver a juntar a The Abbeatles, ya tenemos la guinda.
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