Redactada: 2024-11-05
Hay algo muy reconocible en ese tipo de talento que impresiona a todos menos a la persona que lo posee. Aquí no se idealiza al genio: se le muestra incómodo, a la defensiva, refugiado en el humor, en los amigos de siempre y en una vida que no exige demasiadas preguntas. Y eso la hace cercana.

Lo que más pesa no son las matemáticas ni el entorno universitario, sino el conflicto interno: el miedo a avanzar, a perder lo conocido, a exponerse. Ese orgullo de clase que protege y, al mismo tiempo, encierra. La película entiende muy bien cómo los traumas no se superan por tener capacidades excepcionales, y cómo a veces la inteligencia sirve también para levantar muros.

El personaje del terapeuta aporta algo poco habitual: no es un salvador ni un gurú, sino alguien que acompaña desde la paciencia y la verdad dicha a tiempo. Se siente honesto, incluso torpe en algunos silencios. Y el amigo que dice lo que duele escuchar, sin adornos, termina siendo igual de clave.

No busca epatar ni dar lecciones grandilocuentes. Va calando poco a poco, a base de diálogos que suenan a vida real y de personajes que parecen haber existido siempre en algún barrio. De esas historias que te dejan pensando más en ti que en la película, y eso, al final, es lo que permanece.
Guion
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Interpretación
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