Crítica de El hombre que mató a Don Quijote por MrPenguin
El resultado, quizás lastrado por su accidentada producción, se traduce en una empresa tan admirable como arriesgada donde Gilliam, fiel a sus habituales obsesiones estilísticas, nos ofrece lo que podríamos considerar como su propia reinterpretación del caballero de la triste figura. Algo que comienza perfilándose como una interesante exploración de la locura quijotesca y que, con el paso de los minutos, parece dirigirse hacia un errático laberinto conceptual que se divide entre el barroquismo onírico, la aventura surrealista y, para variar, un más que cuestionable retrato de la España rural. Lo único que nos queda, al final, es dejarnos llevar tanto por su caótica sucesión de capas metanarrativas como, sobre todo, por el buen hacer de unos sólidos Jonathan Pryce y Adam Driver que logran, al menos hasta cierto punto, que sea más fácil conectar con el intenso desfile de excesos que Gilliam nos tiene reservado. Extraña reescritura para un personaje cuyo eterno legado, por mucho que así lo sugiera el título, seguirá cabalgando contra viento y marea, entre molinos y gigantes, hasta el fin de los tiempos.
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