La primera parte, encuadrada en una concurrida calle de Hong Kong, nos traslada hasta el bullicioso y colorido ambiente urbano de la ex colonia británica, mientras que la segunda, enmarcada en una ciudad de la China continental, toma un matiz más frío y calmado donde el ya de por sí estilo contemplativo —casi documental— del director se acentúa todavía más. Es evidente que la primera mitad de la película tiene un mejor ritmo que la segunda —mucho más introspectiva—, aunque ese enorme contraste, símbolo de las grandes diferencias entre ambas regiones, sirve a su vez como una perfecta ilustración de esa desgarradora sensación de falta de pertenencia que tantos inmigrantes chinos, del mismo modo que nuestras protagonistas, sufrieron mientras trataban de encontrar un futuro mejor. Nostálgica y a la vez poética mirada hacia el pesar de todo un pueblo y hacia las muchas contradicciones que, al igual que la fruta que da nombre al título —el durián: dulce por dentro pero desagradable por fuera—, encierra el agitado territorio hongkonés.
Valoraciones en tu crítica:
Todavía no hay comentarios
Comentarios